viernes, 2 de abril de 2010

Mi Viernes Santo Adorado

Del que ya tengo el recuerdo. De quién me inspirara del gran poeta desaparecido aquel jueves y que tendría el recuerdo antes de vivirlo bajo intensa lluvia en Paris. Regresando del colegio de la avenida Bolivar entrando por las encajonadas calles cuadradas del damero de mi barrio, de casas alargadas y pintadas de multicolores matices.

Los olores del bacalao se fugaban por las ventanas medio-corazón del barrio de mi vida, por donde gritaban las gitanas, vendedores de escobas, el chino manicero, la revolución caliente o las bandas de negros "humiteros"(1). Por donde una vez me avisaran un accidente, un temblor. O por donde se asomaban las tías "Urracas" todas vestidas de negro, las viudas de toda la vida. De su inmenso recuerdo, sus huevos batidos y sus presencias inolvidables.

Ah, qué tarde de dolor, mientras que el Cristo moría y agonizaba en un madero. Se emitían novelas sobre la pasión representadas por los más notables radio-actores, aquellos mismos que habían realizado otras novelas de las tres de la tarde, inclusive un tal Miguel Ángel, al cual debo mi nombre y que mi madre era asidua radioescucha, mientras planchaba los pañales de mi hermano mayor y yo me alojaba en su vientre durante nueve meses, en un oscuro, pero placentero lugar en donde se comía y se bebía a voluntad.

Es verdad que el bacalao a la Vizcaína era un desastre parecido a los terremotos de octubre y los "turrones de doña pepa" o las mazamorras moradas o las tías gordas que roncaban durante un fin de semana en mi casa. Pero, encima de todo aquello había un sueño, los dibujos animados, los chistes con las carátulas cortadas por la mitad, o los nuevos chistes que recibíamos cuando teníamos fiebre o un malestar y nos quedábamos en cama, con el viejo de la diligencia, el sargento Sanders y los camiones del ejército que invadían el cubrecama amarillo y sedoso como gran terreno de batallas interminables de soldados verdes. Pero toda violencia, por ése día santo, debíamos olvidarla y teníamos que hacer un juego en el cual había armisticio entre las partes.

El olor salía de todos los rincones y ese día no podías liberarte de esa comida porque ni restaurante ni plata ni tienda abierta. Lo peor de todo es que "ellos" los grandes adoraban esa cajita azul que venía de Noruega y encima la gente pagaba fortunas por obtenerla. El tío Minervo lo hizo en su casa de barranco, nosotros jugábamos en la camioneta VW alargada y gris que le servía al tío Minervo para su trabajo de transportista. Él era alto y gordo, de una gran bonhomía y su mujer; mi tía Vicky, una mujer muy bella de ojos negros y profundos. Sus ojos - del tío-, navegaban en sangre, seguramente por la presión del buen vino, la buena comida, las mesas y los aderezos criollos que obtenía en su trabajo mercantil.

No obstante la insistencia de aquella obligación fundamentalista de comer solamente una sola comida el Jueves Santo, los niños podíamos tener una excepción y comer otra cosa como huevos o papas fritas. Pero el olor era invasor, nos invadía hasta la cima de nuestro cerebro, y en ese momento pensábamos que el Cristo había verdaderamente sufrido, como en las películas italianas que obligatoriamente pasaban en todas las salas de cine los jueves. Los cines de barrio pasaban películas que el "cojo" ya las había seleccionado para la fecha, con Víctor Mature, y otros actores sufrientes con cara de latinos ojos y cabellos negros. Había solo en las salas de estreno un Jesucristo gringo que parecía un hippie de los años sesenta y un judas horrible, desdentado y tuerto y hasta probablemente comunista.

La tarde palidecía muy lentamente, pero se habría alargado durante casi un siglo escuchando en casa de la abuelita Maruzza una radionovela que nuevamente hablaba de la flagelación del cristo con una gran realidad. Tanto que mi primo Cono (nombre de un Santo y de una ciudad en Sicilia) quería destrozar la pequeña radio ubicada en medio de la mesa.

A suivre

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